Hace ya un tiempo que descubrí en Pilates un ejercicio físico que puedo sostener como disciplina porque tiene el ingrediente básico para poder continuar haciéndolo: me siento cómodo y feliz.  De esto he escrito en ¡Activa Tu GPS! Pero hoy quiero compartir algo que aprendí en una clase, y que no tiene que ver con el ejercicio, sino con una manera de vivir.
 
Sucedió que mientras el entrenador nos guiaba a mover los brazos, yo movía las piernas. ¡Las piernas! El mismo movimiento, pero con las piernas. Me tomó unos minutos hasta sentir la mirada del instructor observándome para que corrigiera el movimiento. El resto de la clase estaba haciéndolo según el lo decía, pero la persona a mi izquierda, quien era la más visible por mi ubicación en la sala, estaba, al igual que yo, moviendo las piernas. Es decir, aún sabiendo cómo se hacia y escuchando la indicación clara del instructor, terminé haciendo lo que hacia la persona a mi lado. Esto es lo que muy a menudo hacemos en nuestra vida cotidiana.
 
Aquel día pude darme cuenta que aún cuando tenemos claro que hacer y nos están guiando, lo más probable es que terminemos copiando lo que vemos en los otros. Igualmente, lo que le decimos a los demás puede pasar desapercibido si lo que les mostramos de nosotros no coincide con el mensaje. Es decir, quienes nos rodean aprenden más de nuestras acciones que de las palabras que decimos, por mejor hiladas que estén.
 
Hoy, pongo especial énfasis en lo que hago, no solamente en lo que digo. Y en mí, más que en el otro. En modificarme sin poner tanto énfasis en que el otro se modifique. En mirarme y observarme. Y a darme cuenta con que facilidad, si ando distraído, termino haciendo lo que no quiero, solo porque la persona a mi lado lo hace.