¡A veces, nos cuesta tanto aceptar a otra persona! Aún cuando hacemos el intento, nuestra adicción a enjuiciar, controlar o sostener nuestro drama nos gana. Pero hay un camino posible.
 
Ante todo, aceptar no implica estar de acuerdo. De hecho, necesitamos aceptar porque el desacuerdo nos distancia, pero cuando no logramos acordar, igualmente podemos aceptar, porque el trabajo de la aceptación poco tiene que ver con la otra persona y mucho tiene que ver conmigo. Es un acto individual, inspirado por la otra persona, pero que esta de mi lado lograr.
 
Aceptar al otro, en primer lugar, es dejar de desear que sea diferente. Cuando bajo mis expectativas y lo veo tal como es, sin tratar de imponer sobre su cuerpo el dibujo que yo me me creado de él, poco a poco iré recobrando la paz, el regalo que la aceptación siempre nos garantiza. Donde va la aceptación, va la paz a su lado.
 
Por otro lado, aceptar puede ser un hecho silencioso. En algunos casos, no es necesario hacer las pases ni comunicarle a la otra persona que la hemos liberado de la presión de nuestras expectativas. En mi quietud, voy recociendo y dejando ir esas ideas. Seguramente, eso suavizará la relación con esa persona. Pero el trabajo será interior.
 
No siempre tenemos acceso a esa persona. Algunas veces porque se distanció, otras porque su personalidad nos impide acercarnos y otras porque ya no están en el mundo. Así y todo, el trabajo de la aceptación nos liberará. Primero a nosotros de esas ideas, y luego a ellos de nosotros. Liberándonos, liberamos.
 
Animarse a cambiar un pensamiento. Ese es el primer paso de la aceptación. Y si los que pensamos y sostenemos ese pensamiento somos nosotros, a nosotros nos toca hacer el trabajo.
 
La recompensa es tan grande…que nada mejor que aceptar una vez, para que no perdamos tiempo en hacerlo en una segunda.