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Todo es energía. Y, por supuesto, también nosotros lo somos.
Somos energía visible, la que percibimos como nuestro cuerpo físico, y también somos energía que no está al alcance de la percepción ordinaria. Nuestros pensamientos y emociones no son visibles, pero sostenemos esa energía en nosotros aunque no podamos identificarla con los cinco sentidos.

Podemos acceder a esa otra energía en estados de observación profunda. O puede que lleguen otras personas a mostrarlo.

Cuando nos relacionamos con otros, hay muchas cosas pasando más allá del intercambio de palabras e ideas de una conversación o de la cercanía de nuestros cuerpos. Existe un intercambio de energías que si lo pudiéramos visualizar, sería como un espectáculo de fuegos artificiales. Al entrar en relación con otro “cuerpo energético”, la persona con la que me estoy relacionando y yo, comenzamos a mover nuestra energía

Es la manera que la naturaleza nos ofrece para que podamos ver nuestro cuerpo energético cuando no lo podemos lograr nosotros mismos. Al igual que lo haría un espejo mostrando nuestra parte física, la energía de los demás nos devuelve el reflejo de nuestra propia energía. Es decir, en los demás podemos ver nuestros propios pensamientos y emociones. Así, sin mayor complejidad. Nos vemos en los demás. Los otros reflejan nuestra energía.

Esto no sucede por capricho divino, sino como asistencia. Si tengo en mi cara una mancha, solo, por mi cuenta, no me la podré ver. Y si no la veo, no la puedo limpiar. Para eso necesito un espejo que me la muestre. Igualmente, las personas que llegan a nuestra vida nos ayudan a ver aquellas manchas que necesitamos limpiar si queremos ver con claridad. Si queremos comenzar a ver la verdad detrás de las ilusiones.

Sí, gran parte de lo que vemos en los demás, es nuestro. Sabemos que es nuestro cuando hay una respuesta emocional de nuestra parte, avisándonos que hemos movido nuestra energía. No significa que seamos de esa manera. A veces nos avisan lo que no somos para poder corregirnos.

El proceso es así:

  • Hay una parte de mí que no puedo ver.
  • Como no la veo, necesito que alguien me la muestre.
  • Cuando me la muestre, necesitaré prestar atención. Por eso, en ese momento, sentiré una emoción más intensa de lo habitual
  • Al sentir la emoción, prestaré atención a lo que el otro me muestra.
  • Si se siente mal, me está mostrando algo de mí que no es verdad, pero que necesito limpiar.
  • Si se siente bien, me está mostrando algo que es verdad en mí, pero que solo, por mi propia cuenta, no podría reconocer

Para que podamos digerir esta idea -sí, reconozco que nos puede tomar un tiempo en comprenderla y aceptarla- hasta que se vuelva parte de nuestra mirada habitual hacia los otros, les compartiré como guía tres maneras en que reflejamos nuestra energía en las personas que llegan a nuestra vida.

Reflectores: Son las personas que nos molestan sin haber hecho nada para que sintamos eso. Su sola presencia, el que alguien las mencione o verlas en una fotografía alcanza para despertarnos incomodidad. Lo que vemos de ellas y nos incomoda es parte de lo que debemos limpiar. No es urgente, ni tampoco lo más importante para que nuestra vida funcione, pero es algo que puliría nuestra energía para darnos más brillo.

¿Qué hacer? Observar en nosotros qué estamos reflejando. Dejar de esperar el cambio en ellos y hacernos cargo del aprendizaje.

Recuerdo esta conversación en el momento de las preguntas y respuestas al finalizar una charla:

        • Me molestan las personas que no aprovechan el tiempo, que no hacen lo que deben hacer. Que pierden el tiempo.
        • ¿Cómo te sientes con eso que estás diciendo?, le pregunté.
        • Muy frustrada, mal.
        • Que no es verdad, que es una ilusión… ¡Pero sí es verdad!
        • Es una verdad para ti, que te cuentas esa historia, pero si se siente mal, estás sosteniendo miedo y desde el miedo no puedes ver más que fantasmas. Cuéntame lo que ellos hacen, sin que te altere. Descríbelo lo más objetivamente posible.
        • Es en el trabajo. Ellos se toman tiempo de descanso y podrían utilizar ese tiempo en algo más productivo.
        • ¡Un momento! Detente allí. Al final salió un juicio y tu cara volvió a reflejar frustración. Me decías que ellos se toman tiempo de descanso. Y que eso te molesta. Ahora te pregunto ¿Cómo te sientes tú en el trabajo?
        • ¡Agobiada! No tengo un minuto para respirar en paz.
        • Ése es el agobio que ves en ellos. La ilusión es que crees que no puedes tomarte un descanso porque se vería muy mal o por las razones que diga la historia que te cuentas. La verdad es que tomarse descansos es necesario, que tu alma lo está pidiendo para tu cuerpo y tu personalidad no lo está permitiendo. ¿Cómo lo sabes? Porque cuando menciono que podrías tomarte un descanso tu cara se relajó, porque se siente mejor que la idea de que debes ser muy productiva y para eso estar ocupada todo el tiempo. Ése es un pensamiento denso, que quiere salir y para lograrlo, se refleja en todo lo que ves alrededor hasta que puedas verlo en ti. Porque estoy seguro que no sólo te agobian tus compañeros de trabajo. También deben agobiarte tu familia, tus hijos y hasta tu esposo…
        • ¡Es que ninguno hace lo que tiene que hacer!
        • La que no hace lo que tiene que hacer eres tú, que es tomarte un tiempo de descanso. Y no lo digo yo, lo dice tu alma. Te lo pide a través de cada persona con la que te relacionas.

Ese día, en la sala, fueron muchos los ojos que se abrieron bien grandes, porque con esta conversación, el mensaje les había llegado. Los otros me muestran lo que no puedo ver en mí. Me hacen obvios los fantasmas que en mis historias tienen vida y parecen reales.

Correctores: Son aquellos con quienes nos molestamos por lo que hacen, pero que a diferencia de los reflectores que pueden ser ocasionales, estos establecen una relación cercana y de compromiso con nosotros. Pueden ser parte de la familia, parejas, compañeros de trabajo o amigos. No nos resultará fácil alejarnos de ellos. Y si lo consiguiéramos, porque nos mudamos o nos alejamos físicamente, atraeremos otras personas de similares características con las que experimentaremos algo parecido. Como este aprendizaje es urgente, no podremos evitarlo.

¿Qué hacer? Observar en nosotros aquello que nos molesta del otro, dejar de provocar o esperar el cambio en ellos y corregirlo en nosotros. O lo seguiremos viendo.

En mi caso, la paciencia en una de las lecciones que deberé aprender antes de dejar este cuerpo. Mi alma quiere experimentar la paciencia y mi personalidad se resiste. Sé que es mi aprendizaje de vida porque ha sido una constante, en mayor o menor grado, a medida que lo voy aprendiendo, pero sobre todo porque la lentitud ha sido la característica de la mayoría de las personas que me han quitado la paz. Y que, eventualmente, me la siguen quitando.

Gracias a ellos, y a haberme hecho responsable de mi aprendizaje, es que no solamente pongo mi intención en desarrollar la paciencia y no pierdo mi energía tratando que los demás sean más rápidos. Sino que en los últimos años, desde que decidí dejar de cambiar las cosas afuera y trabajarlo en mí, la vida me ha acercado a personas que son altamente efectivas con el tiempo. O mejor dicho, personas que me dejan ver la verdad en mí. Que puedo usar el tiempo de manera muy efectiva porque soy paciente. ¡Esto sí se siente bien!

Inspiradores: Son aquellas personas que generalmente admiramos y quizás hasta nos convertimos en sus seguidores si exageramos ese lazo. Como lo que nos provocan es bienestar, nos están mostrando una verdad sobre nosotros que solos, por nuestra propia cuenta, no podríamos ver. Esas características que estamos viendo en esa persona, en realidad, están en nosotros.

¿Qué hacer? Despertar en nosotros aquello que admiramos del otro. Dejar de imitarlo o seguirlo, para poner la mirada en nosotros mismos y darnos cuenta que ésta es una cualidad que nos está mostrando nuestra alma y que estamos listos para asumir. La fortaleceremos con la práctica.

Jesús es mi inspirador. Jesús, el hombre que llegó al mundo a desafiar lo conocido y ofrecer una nueva versión de la realidad, donde el amor todo lo puede. Por eso, cada vez que me enfrento a una limitación, me pregunto ¿Qué estaría haciendo Jesús en esta situación? Y me dejo llevar por su inspiración.

No he conocido a Jesús físicamente ni necesitamos que nuestro inspirador exista en este plano. Lo que necesitamos es un espejo en el que podamos sostener nuestra verdad y que nada nos tiente a salirnos de ella. Finalmente, nos daremos cuenta que eso que tanto mirábamos afuera, estaba en nosotros.

Los correctores y reflectores, nos muestran las capas de nuestra personalidad que nos oscurecen. Los inspiradores, por su lado, nos hacen saber de nuestra esencia, nuestras virtudes y de las posibilidades de expresarnos desde el alma. Cuando nos pulimos a través de los correctores y reflectores y comenzamos a darnos cuenta de quién realmente somos a través de los inspiradores, nuestra personalidad entra en armonía con el alma. Y desde esta personalidad armoniosa, le estamos facilitando al alma que se manifieste en la vida humana. Esa personalidad armoniosa emerge como una manera de expresión del alma y goza de su misma visión, sus cualidades y su poder.

Todo es energía. Y, por supuesto, también nosotros lo somos.

Somos energía visible, la que percibimos como nuestro cuerpo físico, y también somos energía que no está al alcance de la percepción ordinaria.

Los correctores y reflectores, nos muestran las capas de nuestra personalidad que nos oscurecen. Los inspiradores, por su lado, nos hacen saber de nuestra esencia, nuestras virtudes y de las posibilidades de expresarnos desde el alma.

¿Qué estoy viendo de mí en el otro?

Extraído del libro “Espiritualidad, para una vida más fácil, simple y abundante”

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