¿Quién vive en mi?
Esta pregunta me cambió la percepción de quien creía ser.
Comencé a observarme con detenimiento y pude comenzar a diferenciar lo que me pasaba a mi de lo que estaba viviendo. Una cosa es lo que veía y otra lo que yo experimentaba con eso. Lo segundo, tenía que ver directamente conmigo. ¿Conmigo? entonces, ¿Quién soy?
¿Quién es el que esta mirando?
¿Quién es el que esta sintiendo?
Este es un fenómeno que ha interesado por siglos a filósofos, científicos, psicólogos y místicos.
Pero la única respuesta que para cada uno de nosotros es valiosa, es la que individualmente podamos darnos. Porque aún cuando leamos teorías y las podamos comprender, no lograremos saberlo hasta sentirlo. Y, les aseguro, una vez que lo sintamos ya no quedarán dudas que necesiten más lecturas ni comentarios de otras personas fuera de nosotros.
Por eso, en todo lo que leerán y escucharán de mi, verán constantemente una invitación a sentir, a volvernos más cómodos con sentir para que finalmente podamos sentirnos.
No hay una descripción en palabras que pueda expresar lo que somos. Podríamos llamarlo “eso”, podemos definirlo como “alma”, pero todas esas definiciones son solo invitaciones que nos llevan, con curiosidad, a animarnos a sentirnos.
No soy lo que pienso, soy el que piensa.
No soy lo que mi cuerpo siente, soy el que siente.
No soy lo que vivo, soy el que se experimenta en lo que vivo.
No soy nada de lo que ven mis ojos, son lo que siento con eso que mis ojos ven.
Soy ese silencio que observa todo y se disfruta en todo.