A veces, la felicidad nos tortura. Son tantos los mensajes que dicen que tenemos que ser felices y nos dan fórmulas aceleradas para lograrlo, que estar feliz se transforma en una meta estresante. Es decir, tratando de encontrarla, la perdemos en el primer paso.
No vamos a definir la felicidad, no es el tema que quiero reflexionar, pero si en cómo la cultura de lo inmediato y de lo fácil nos esta hipnotizando. La hiperactividad nos mantiene tan ocupados, que parece que hiciéramos mucho… cuando en realidad estamos haciendo poco, muy poco de lo que es valioso y trascendente para la vida.
La felicidad no es la graduación de un programa, ni el premio a un logro, sino que está en la disposición de animarnos a vivir mas conscientes desde que abrimos los ojos hasta que nos vamos a dormir, con todo lo que cabe en ese largo paréntesis.
Claro que habrá periodos grises, otros luminosos y algunos indefinidos, porque hay cosas que no las podremos entender, pero tener al ánimo de vivirlas nos acercará a un profundo sentido de estar vivos, que es lo más cercano a lo que llamamos estar felices.
Por eso, constantemente me ocupo de ir mas lento, que no es demorarme, pero tampoco dejar que el apuro me desconecte de lo que estoy viviendo. De mirarme más, para no olvidar que lo que llamo vida es algo que me esta sucediendo, más allá de lo que otros hagan o digan. De distinguir entre lo que siento propio a lo que no, para no cargar con lo que no es mío por mas hermoso que sea, y para siempre tener lugar para lo que me pertenece.
En definitiva, la felicidad esta en el acto de vivir, con todo lo que eso significa.