[vc_row][vc_column][vc_column_text]En Estambul aprendí a negociar caminando por el Gran Bazar, entre esas interminables calles techadas que albergan a miles de vendedores para ofrecer desde joyas a condimentos.

Pero, a diferencia de los comercios de occidente, nada tiene un precio determinado, sino el que uno pueda negociar. Al final, terminamos pagando el precio que hemos aceptado. Es decir, no hay lugar a quejas. Ni caro, ni barato. Lo justo, según nuestro punto de vista.

Así, como en aquel gran mercado, me siento andando por la vida. Tengo muchas opciones, entre situaciones, personas y experiencias. Cuando captan mi interés, me detengo, lo elijo y termino “pagándolo al precio que acepto”. Para eso, en la vida, todos llevamos una máquina etiquetadora: los juicios.

Vamos por la vida como si camináramos por un gran mercado y a cada cosa le ponemos su precio. Si le cuelgo el cartelito de inútil, así será. Y así con el de ingrato, amable, fiel e infiel, bueno y malo. Cada uno poniéndole diferentes precios a las mismas cosas. Aquello que en mi vida le puse el precio de difícil, ése fue el precio que tuve que pagar. Y si le puse el cartelito de fácil, ese fue el costo.

Y lo terrible no es lo caro que pagamos algunas experiencias, sino que no usemos el poder que todos tenemos de cambiar ese cartelito, dejando de enjuiciar de la manera que lo hacemos.

Entonces, me enojo con la sociedad, con la cultura, con la familia, y con todos los que le colgaron el cartelito con el precio que hoy me niego a pagar. Si bien es cierto que hemos recibido “mucha mercancía” con el precio puesto, somos libres de cambiarlo cuando queramos, cambiando nuestro juicio.

Cuando algo o alguien nos desagraden, antes de invitar a que esa persona o la situación cambien, antes miremos el cartelito que le hemos colgado y entenderemos por qué estamos pagando esa experiencia tan cara. Y ya sabemos cómo bajarle el precio.

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La vida en 5 minutos[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]