Nuestro destino no es negociable. Con esto no contradigo otra ver- dad: todos tenemos, por nuestra conciencia, el derecho al libre albedrío. El destino es del alma y afecta a nuestra esencia y, por su lado, la personalidad tiene la libertad, según el uso de la conciencia, de vivirlo a su manera.

Mi don es el de comunicar. Eso le da un claro camino a mi pro- pósito de vida: esto es lo que vine a hacer. Es decir, hacemos lo que somos para poder desplegar nuestro destino. Ese destino no es negociable. La manera que yo lo haga es mi elección, así como los fines para los que utilice cada acción inspirada desde mi don. Pero no puedo sentirme en propósito haciendo lo que se me dé la gana. No porque no pueda hacerlo, ya tengo la libertad de elegir, pero solo me sentiré en propósito asumiendo lo que vine a hacer.

De alguna manera, el alma diseña ese camino que vamos a recorrer en la experiencia física y lo va mostrando desde que llegamos al mundo. Si observamos a los niños, notaremos la emoción con que responden a ciertos juguetes o actividades, o la honesta indiferencia hacia otros que los mayores pueden catalogarlos más valiosos o importantes. Esas primeras experiencias nos van marcando un camino, escrito en el alma pero que no es revelado hasta que lo sentimos viviendo experiencias físicas. He hecho hincapié en que el alma nos habla a través de lo que sentimos, y el gozo es el llamado de atención cuando nos quiere mostrar lo que está para ser vivido, experimentado y, por supuesto, desarrollado.

Aún cuando la personalidad pueda demorarlo, disfrazarlo o confundirlo, el alma no negocia su destino. Puede que sea al final de la vida física, si es que nos hemos distraído, pero nadie se va de este mundo sin entender para qué está aquí y haber vivido, aunque sea un instante, esa experiencia.

A veces, nos confundimos porque creemos que, porque no hemos «vivido» de eso, tal como se le llama a ganar dinero por un trabajo, estuvimos esquivos a propósito. Y es que quizás no hemos cobrado por nuestros dones, pero no podríamos haber sentido pro- pósito en nuestra vida si no los hubiéramos ejercido de alguna manera. He comentado que entre mis 20 y mis 30 años trabajé en muchos tipos de labores, desde vendedor de pizzas hasta diseñador de zapatos. No tenían una relación directa con mi don, pero la manera en contactar con los clientes que llamaban para pedir envíos de pizzas a sus casas era muy similar a la que hoy puedo tener con personas que se acercan a compartir algo de lo que hayan escuchado de mí en las redes sociales o en una conferencia. En otro contexto, mi curiosidad en la escucha y la agudeza en una respuesta no eran las de un vendedor de pizzas común. La comida, en este caso, era la excusa, pero la conexión, que me permitía comunicarme con ellos, era lo que me daba fuerzas para sentirme vivo en esa tarea. De igual manera, no pensaba tanto en el zapato como en la necesidad que esa persona tenía para comprarlo, la mayoría de las veces necesidades emocionales que podía identificar, y el nexo era lo que tenía a mi alcance en ese momento: un par de zapatos. Ese interés mantenía mi fuego interior encendido. Hoy es este libro, que me facilita aún más ejercer mi propósito. Pero no son los elementos, sino la intención que le damos y alinear esta al propósito del alma.

Por eso, esta pregunta cierra este proceso que nos ayuda a volver a nosotros. Nos escuchamos, nos sentimos, fluimos y permitimos, nos incluimos, nos vemos a través de los otros, usamos la energía del amor, y con todo esto nos sentimos firmes en nuestro espacio conviviendo y compartiendo en armonía con el resto de la humanidad. Digamos que habremos comenzado a jugar ordenadamente el juego de la vida. Pero, si no asumimos nuestros dones y nos ponemos en función de ellos, habrá un vacío que no se sentirá mal, que no tiene relación con la tristeza ni sentiremos angustia, pero habrá un anhelo por sentirnos más comprometidos e involucrados con la vida en su sentido más profundo. Y allí es cuando debemos revisar si hemos reconocido y somos obedientes a los dones que el alma trajo para compartir.

Un ejercicio muy simple para identificarlos es revisar en lo vivido, todos los momentos donde nos hayamos sentido plenos. Incluso cuando hayamos estado atravesando una dificultad, identificaremos una fuerza en nosotros que nos mantenía conectados profundamente a la vida. ¿Qué estábamos ofreciendo? ¿Qué cualidad natural florecía espontáneamente? ¿Qué actividad estaba relacionada con eso? ¿Qué era lo que los demás valoraron de eso que ofrecimos? ¿Por qué nuestros amigos eligen conectar con nosotros en determinados momentos?

Detrás de estas preguntas, irán apareciendo respuestas comunes que nos marcarán una línea escrita por el alma. Atenderla terminará por darle a nuestra presencia en el mundo un sentido único, y crecerá el entusiasmo en ir más allá de nosotros, ya no para escapar o evitar- nos, sino para extendernos en cada acción que ofrezcamos al mundo. Ya habremos vuelto a nosotros para nunca más abandonarnos.

Del libro “Volver a Mi

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