Antes de decirlo, aprendí a tomar pausas. Que eso que voy a decir no salga de mi boca, por un rato, para que antes llegue al corazón. No creo que las palabras sean tan potentes como la intención que les ponemos al decirlas. De hecho, la mayoría de mis temores y hasta algunos traumas, nacieron de eso que escuché, me contaron o me  dije en algún momento de mi vida. Por eso, soy consciente de, antes de abrir mi boca, asegurarme que esas palabras tuvieron tiempo de pasar por el corazón. Porque mi mente siempre tendrá razones para quejarse y hasta para agredir, pero el corazón, siempre sabio, antes me preguntará ¿Estas seguro que es lo que quieres decir? ¿Lo vas a decir de la mejor manera? No he conocido mejor filtro que un corazón sincero.

En un mundo donde no cuidamos las palabras, y menos aún si ellas representan lo que queremos expresar, seamos nosotros inspiradores para que otros también comiencen a ser más conscientes de la energía que compartimos cuando abrimos la boca. Que sea nuestro corazón que esté a cargo.