No siempre tengo que hacer. A veces, lo que tengo es hacer es detenerme, dejar de hacer. Me ha costado un poco, porque vengo de una cultura donde el logro me da valor y sin él, sentía que mi vida no estaba siendo vivida. Hasta que entendí que perseguir muchos de esos logros, me alejaban de la vida. No me permitían disfrutar de momentos muy valiosos o personas que amaba, pero a las que esperaba ofrecerles mis logros, cuando lo que ellas esperaban era simplemente estar conmigo.
En nuestra cultura, hay una sobrevaloración del “hacer”. A veces estamos presos de esto sin darnos cuenta, pero la vida siempre nos va mostrando que hay otras maneras.
Fue en España que descubrí que había un ambiente de bienestar que no estaba ligado a los logros o la economía, que suelen ser las dos razones por las que hacemos mucho. Al contrario, sabían decir que no a compromisos porque les quitaban un espacio de su día, el que tenían reservado para ver amigos, hacer alguna tarea personal, por su bienestar, o porque simplemente no lo sentían hacer.
Y los españoles me recordaron que hay un tiempo para hacer y otro para dejar de hacer. De hacer en función de producir, para hacer algo por mí, para disfrutar del día y de las personas que me acompañan, para ocuparme de lo que me interesa y no de lo que debo.
Y cuando esa decisión deja de ser ocasional y se transforma en una forma de vida, nos vamos dando cuenta de que hay momentos que se viven en quietud, a veces en silencio. Que el menos es mucho más y que lo simple triunfa sobre lo complejo. Es decir, que nosotros triunfamos sobre el mundo.