Con el paso de los años, pude darme cuenta de que muchos de mis anhelos no los alcanzaba por algo muy simple pero fuerte a la vez: ideas y prejuicios. No tenían que ver otras personas, ni la mala fortuna o la falta de preparación. Simplemente, no los creía del todo posibles, me cuestionaba por mi edad, a veces por ser muy joven u otras porque creía que era tarde, o porque me imponía unos requisitos que realmente no eran necesarios, pero me venían perfectos para demorarme… y no asumir mi poder. Por eso, he aprendido a cuestionar lo que pienso cuando eso me distrae de mis logros. He entendido, ahora con más claridad, que abrir la mente es abrirme a la vida.
Romper esos moldes tan densos que sostenemos en nuestra mente necesita, al menos, animarnos a sostener otros pensamientos diferentes. Sostener es literalmente eso: pensar durante varios segundos esa idea que representa nuestro anhelo. Suelo decir que, si podemos sostener al menos 20 segundos una idea, ya estamos libres de límites internos y todo comenzará a fluir. Sí, 20 segundos. En un día parece muy poco tiempo, pero para la mente que todo lo controla, pasar esos 20 segundos nos marcará que hemos triunfado sobre cualquier idea que contradiga ese anhelo.
No se trata de esforzarnos, sino de llegar a hacerlo de manera natural. Para eso, la fantasía es una manera muy útil. Cuando fantaseamos, la mente racional no se resiste, porque asume que no estamos “pensando en serio”. Y podemos comenzar a vivir ese pensamiento. Disfrutarlo, que el cuerpo lo sienta, que forme imágenes y que estemos allí sin estarlo.
Cuando miro hacia atrás mi camino, puedo ver que la mayoría de los proyectos que han surgido más fáciles nacieron de esos momentos. Al fantasear no hay estrategias, no hay ansiedad, puro gozo.
Y, después de ir abriéndonos a vivir esta experiencia internamente, serán espontáneas otras ideas que nos mostrarán los cómo, los cuándo y hacia dónde. Habremos hecho la tarea fundamental: animarnos a pensarlo sin limitarnos.