A aliviar a los corazones, suelo decir.
Las cosas que nos pasan son, en general, menos graves de como las imaginamos. De hecho, el problema mayor está en la manera en como las pensamos. Por eso, ordenando nuestra forma de verlas y animándonos a hacer lo que podemos para resolverlas, lo que está a nuestro alcance, nos alivia.
Ordenar nuestra forma de verlas comienza por un orden fundamental, lo que es mío, lo que es del otro y lo que no me corresponde a mi, ni al otro. Es decir, dejo en manos de la vida, de Dios o de una inteligencia que no puedo controlar aquello que está ocurriendo.
He encontrado en la mayoría de las cosas que nos angustian, nos estresan o nos preocupan, que estas tres partes están mezcladas, o al menos una de ellas no está en su lugar. Asumir mi parte y dejar al otro lo del otro es fundamental. Es aquí donde las relaciones suelen enredarse. Y luego, confiar en el proceso de la vida, haciendo mi parte y permitiendo que termine de ocurrir lo que no está bajo mi control, es otro paso decisivo para estar en paz.
Claro está que ordenarnos no alcanza, pero no podemos comenzar sin hacerlo. Lo siguiente es tomar acción y hacer lo que podamos hacer, lo que esté a nuestro alcance en este momento. Otra fuente de angustias es porque estamos tratando de hacer hoy lo que podremos mañana. Valoramos tan poco los pequeños pasos que la ansiedad por dar el salto termina por inmovilizarnos.
Esto nos aliviará del peso que, a veces, sentimos del mundo.
También podremos ofrecer ese alivio. Esto es lo que me entusiasma a hacer lo que hago cada día. De alguna manera, todos podríamos regalar un poco de alivio a los demás. Bajando un poco el drama para que puedan ordenarse y animándolos a dar el paso que pueden que dar.