Una vez que hemos hecho silencio no solo podemos escucharnos a nosotros mismos: podemos, quizás por primera vez, escuchar a los demás. Escuchar realmente: no lo que esperamos o deseamos que nos digan; no lo que suponemos que nos están diciendo, sino lo que realmente nos pretenden comunicar.
Es así. Normalmente no escuchamos lo que nos dicen: nos escuchamos a nosotros mismos interpretando lo que oímos. Así, ponemos en otros nuestros pensamientos y convertimos a nuestro interlocutor en un personaje hecho a la medida de nuestros prejuicios.
Desde nuestro ego parlanchín, es decir siendo egocéntricos, es imposible escuchar.
Cuando escapamos del ruido de la ciudad y de pronto nos encontramos en un lugar profundamente silencioso, por ejemplo en lo alto de una montaña, la primera expresión que viene a nuestra boca es “¡Qué paz!”. Intuitivamente, sabemos que el silencio y la paz tienen un origen común.
Nuestra vida cotidiana es como una rueda que no para de girar, pero en el centro está su eje quieto. En el silencio podemos buscar nuestro propio eje. Si la paz se rompe, es como romper nuestro propio eje.
La paz es la medida de nuestro bienestar. Cada día nos enfrentamos a hechos, personas o decisiones que nos siembran dudas. Algunas pueden resultar atractivas o convenientes, y aun así… Lo sabio es acudir al silencio y preguntarnos si aquello que nos inquieta nos aleja o acerca a la paz. Si la respuesta es negativa, no es para nosotros, al menos no en este momento.
La paz es una decisión. Incluso frente a alguien que nos insulta, una situación caótica o frente a un hecho doloroso, podemos elegir estar en paz.