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Los que se van…

Pregunta:

Hace muchos años aprendí las técnicas del reiki, algo maravilloso, y eso me permitió trabajar en un hospital de niños, siempre con una sonrisa, sintiendo que era un honor ayudar, a veces lidiando de cerca con la muerte, pero feliz de estar allí. Pero un día sufrí la pérdida de mi bebé de cinco días de vida. Dejé el trabajo porque los niños me hacían recordar lo sucedido. Me alejé, pues, de todo lo que antes me hacía feliz. De un segundo a otro ya no quería estar más. Me volví a mi pueblo natal, al cual había dicho que nunca regresaría, y aquí estoy con mi pareja de 14 años, contentos de volvernos a encontrar y amarnos de nuevo, pero tristes por la pérdida. A veces me quiero regresar porque el pueblo no me agrada y antes tenía muchas expectativas laborales. Todo eso se derrumbó y aquí seguimos, tambaleando, pero en busca de otro bebé. Me encantaría que me hables de este tema de la muerte, que sigue siendo clave en mi vida.

Respuesta:

Ante todo quiero recordarte que más allá del dolor la muerte puede siempre ofrecernos un valioso aprendizaje. Un aprendizaje que nace del dolor pero que, al mismo tiempo, es clave para superarlo. Ese dolor generalmente es más fuerte cuando estamos poco conectados con nosotros mismos, y voy a ser un poco más claro: cuanto menos nuestra vida nos gusta, más nos duele la muerte. Y es que la muerte consciente o inconscientemente nos enfrenta a cómo nosotros estamos utilizando la vida, sobre todo si estamos viviendo una vida que no se parece a lo que en el fondo somos. Lo que estoy vivenciando con la partida de esa persona, la dificultad para aceptar su ausencia, puede indicarme que no estoy mirando con aceptación la vida que tengo. Lo digo porque lo que narras podría favorecer que ese dolor por la pérdida de tu hijo siga creciendo, cuando en realidad su verdadero origen está en el presente y no en el pasado. Me parece bien que te hayas retirado un tiempo porque es muy sano poder aislarte durante un período del mundo asociado a tu bebé, pero va llegando el momento del aprendizaje. Especialmente cuando se trata de un niño, el gran dolor a la larga, ese que no para y sigue creciendo, tiene que ver con las ilusiones de aquello que pensábamos que iba a ocurrir y no ocurrió. Es natural que así sea. Otra cosa suele ocurrir con los adultos. A veces el dolor se contamina con la culpa, con las ideas sobre todo lo que podríamos haber hecho y no hicimos. Por eso siempre es importante entender que quienes se van se van solo a medias. Se va su cuerpo, pero se quedan un tiempo para que podamos resolver aquello que queda pendiente. Si eso ocurre, hagamos nuestra parte: pidamos perdón, ofrezcamos nuestra claridad, hagamos lo que tengamos que hacer, como si la persona estuviera presente, pero no esperemos que ella nos diga algo porque no es necesario. Esa persona no solo se liberó de su cuerpo, sino de cualquier energía negativa de su vida.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]