una-reflexion-que-todos-nos-debemos
 
Gandhi y Hitler representan la antítesis de la humanidad. Paz y violencia. Uno elige la vida, el otro la muerte.
Nosotros, en Latinoamérica, como en la mayoría de las sociedades contemporáneas, elegimos a Gandhi como bandera de la humanidad y dejamos a Hitler como un símbolo de lo que no queremos ser. Pero nuestra manera de actuar, a veces, lo pone en duda.
 
Mahatma Gandhi nos recordó que si queremos cambiar al mundo, debemos cambiar nosotros; que si seguimos la ley del ojo por ojo, todos acabaríamos ciegos; que lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia y, como resumen de su filosofía, nos habla de prestar atención al mundo interno: “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino.”
 
Hitler, por su parte, también quería cambiar al mundo, pero eliminando a los que él consideraba enemigos, a los que pensaban diferente.
 
Cuando escucho hablar en Latinoamérica a algún líder, como a la gente en la calle, todavía puedo sentir la admiración a Gandhi. Pero al momento de actuar, parecen su opuesto. Seguimos especulando que la solución ocurrirá cuando desparezca el que piensa diferente, y buscamos estrategias para que eso ocurra. Y quisiera agregar que, a estas alturas de la evolución, ya no consideramos la muerte, pero debo hacerlo porque aún nos seguimos maltratando hasta ese punto sin regreso.
 
De mis columnas, quizás sea ésta la menos colorida. Pero siento que es una reflexión que todos aun nos debemos.
 
Hoy, nuestro “enemigo” parece ser el que es o piensa diferente. Ya sea por sus ideas políticas, por su historia personal, por su nacionalidad, por su sexualidad o porque simplemente le vemos cara de diferente. Y que las estrategias representan alguna forma de violencia, silenciosa o estruendosa, pero al fin y al cabo basadas en el ataque.
 
Quizás el mensaje de Jesús, que muchos de nosotros escuchamos y repetimos, se sienta lejano si tratamos de amar al que estamos atacando. Suena lejano o hasta parece idealista. Pero, hasta que podamos encarnar ese nivel de compasión, ejercitemos lo que Gandhi nos dejó como tarea: Comencemos por nosotros, por nuestros pensamientos, por nuestras actitudes. Y, es muy posible, que el cambio soñado llegue.
 
Ya sabemos que de la otra manera no funcionó. ¿Para qué seguirnos atacando?