Para llegar alto, debemos soltar lo que nos pesa. Las cargas no nos impiden volar. ¡Qué motores necesita un avión para lograrlo! Porque volar no es la naturaleza del metal. Pero si lo es de las aves, por eso basta con que abran las alas y busquen el cielo para que lo logren.

Volar es una condición de nuestro espíritu, no de nuestro cuerpo. Su vuelo nos lleva a ver nuestra vida desde arriba, desde los costados, desde más lejos. Y en ese vuelo, podemos tomar distancia. Y con esa distancia podemos ver las cosas tal como son, no según la historia que nuestra mente nos cuenta.

Pero que volar sea condición del espíritu, no nos garantiza ese vuelo, porque a veces el cuerpo, nuestra densidad, está tan pesada que no deja que nuestro espíritu aflore. Pesa por las emociones densas que no hemos liberado, las viejas estructuras que cargamos, nuestros juicios y los juicios del mundo. Por eso pesa tanto.

Una vez que entramos en el silencio, podemos observar nuestros pensamientos vetustos, almidonados por el tiempo, algunos prestados y nunca devueltos. Los vemos todos. Y ya no tenemos que liberarnos de ellos porque, al observarlos desde el espíritu, caen por su propio peso.