Errar es humano. Y no sólo eso, a veces es necesario. No es la mejor manera de aprender, pero en este mundo de dualidades, equivocarnos acelera los aprendizajes, nos enseña a valorar, a tomar nuevas decisiones y a “darnos cuenta”. Esto, claro, si estamos dispuestos a que así sea. No es el error lo que nos permite acercarnos a la sabiduría, sino el estar dispuestos a ver el regalo que nos trae.
 
En sociedades un poco menos contaminadas de pasado, como en el mundo cibernético de Sillicon Valley, en California, donde se han gestado mucho de los saltos de tecnología de estos tiempos, el error es una de los hechos más valorados. En las cafeterías, es natural que cuando alguien se equivoque, sea el centro de atención de quienes lo rodean. Al errar, acaban de encontrar la información que a otros quizás les tomaría años.
 
Pero en nuestra cultura latina, errar no es visto de la misma manera. El error nos pone en un lugar débil y hasta vergonzoso y condenable. Ya sea un divorcio, un despido laboral o algún final que no fue como todos esperaban.
 
Esto no es nuevo. Lo hemos aprendido y quienes nos lo enseñaron tambien lo aprendieron. Por eso, nada nos aportará saber porqué nos pasa, sino entender que podemos cambiarlo estando abiertos a mirar el error con una actitud positiva, tanto en nosotros como en los demás. Eligiendo quitarle fuerza a la crítica y dándole valor a lo que estamos recibiendo. Porque pocas cosas vienen tan cargadas de regalos como un error.
 
Quienes vivimos en este tiempo, podemos ser protagonistas de cambios extraordinarios que rompan miedos generacionales y nos permitan dejar una huella que marque un nuevo rumbo para las generaciones que nos siguen, y para nosotros mismos. Poco a poco, pero comencemos hoy, ahora.
 
¿Qué estoy aprendiendo de esto que sucede? Respondernos a esta pregunta puede ser un buen comienzo.