Cuando miro lo que he vivido y busco aquellos detalles que se repiten, los que se van incorporando a la personalidad, me doy cuenta que la vulnerabilidad ha sido una constante en mi caminar.

La palabra como tal implica herida. El permitir una herida. La bienvenida a una situación que sospechamos que puede llevarnos al dolor; o asumir el dolor cuando llega, reconociendo los intentos por escapar, pero decidiéndonos por el aprendizaje que esta nos traiga.

Y sospecho que de esta escuela de la vida, la vulnerabilidad me ha permitido los momentos más profundos para conocerme, para conocer el mundo que me rodea y conocer a Dios. Para sentirme, poder sentir a otros y sentir finalmente la presencia creadora de Dios.

Por eso me entusiasma la idea de vivir la vida como se presenta. Y, de lo que se presente, elegir que es lo mejor que puedo hacer con eso, lo que puedo aprender y hasta donde quiero vivirlo. Pero no cerrar la puerta cuando la situación incluya el dolor en su maleta.

Creo que, como humanidad, el sentirnos imperfectos nos resulta incómodo y cometer un error nos saca del juego de la vida como seres valiosos. Creemos que errar es negativo. Que cuando cometemos un error, hemos retrocedido en nuestra evolución. Que errar es condenable.

Y, según puedo ver en mi vida, el error ha sido una de las formas más puras de educación. Cada vez que he errado, me he visto cara a cara con la vida misma, sin maestros, ni métodos, ni guías. Errando pude darme cuenta de lo que, posiblemente, muchos me habían advertido y yo había escuchado. Pero la vivencia del error me permitió saltar de la ignorancia a la sabiduría. Directo.

Por eso, los invito a que instalemos la compasión por nosotros mismos para que la vulnerabilidad se active. No podemos ser vulnerables si tememos equivocarnos. Ni podemos estar abiertos al aprendizaje si le escapamos al dolor.