Cuando digo que soy ambicioso, algunas caras me observan con desconcierto. Hay una idea de la espiritualidad, que parece estar divorciada de la ambición. Lo cierto es que la ambición es una característica del alma. Nos hemos quedado en una vieja caricatura un poco aburrida de una persona que vive su espiritualidad.
 
La ambición, como decía, es un recurso del alma para impulsarnos a seguir viviendo las experiencias que se nos presentan, a vivirlas en plenitud. Entre mis ambiciones están la de profundizar lo que más pueda cuando busco una respuesta, no solo desde lo intelectual, sino por la conciencia que esta puede abrirme, en poder ser cada vez más tolerante con quién mi ego se niega a aceptar, en buscar la manera más acertada para llegar al corazón de las personas con quien la vida me da la posibilidad de cruzarme o en aprovechar cada momento que el día me ofrece.
 
Desde nuestra reducida visión humana, acostumbrados a mirar el mundo y valorar lo que tenemos por sobre lo que somos, nos quedamos atrapados en la idea de una ambición relacionada con lo externo, a lo que los demás puedan ver y nosotros podamos mostrar. Pero la verdadera ambición es silenciosa. Es potente, porque no podemos detenerla, pero también es luminosa, porque nos suma y suma a los demás, sin quitar nada a nadie ni competir por la porción más grande.
 
No controlemos nuestra ambición, pero pongámosla al servicio del alma. Sabremos reconocerla porque nos traerá un deseo imparable de brillar aún más sin que ningún miedo nos distraiga. Porque lo que el alma da, no se limita por las cosas del mundo.