Hace unos días, una periodista preguntaba mi punto de vista sobre cuál es el límite más grande que nos ponemos los seres humanos para ser felices o vivir en plenitud. No había hecho el ejercicio de buscar el más importante, pero pude resumirlo así: El límite más grande es nuestra personalidad.
 
“Bueno, así soy yo.” Con esa frase solemos protegernos del juicio de los demás, pidiéndoles que nos acepten en lugar de ver si hay algo que podamos modificar. Y no estoy hablando de complacer a otros, sino a nosotros mismos, porque somos los primeros que sufrimos por ciertos aspectos de nuestra personalidad como la inflexibilidad, la falta de tolerancia o del cariño en nuestros actos.
 
Deberíamos mirar primero nuestra forma de ser cuando algo en nuestra vida pide cambios y no sabemos por donde comenzar. El pensamiento crea, y si nosotros somos los que pensamos desde una personalidad que no está dispuesta a renovarse, todo cambio que consigamos será provisorio.
 
Esto no significa que no tengamos aspectos que nos definen y estén tan arraigados a nuestra esencia que no podamos cambiar. Pero esos sellos los traemos en el alma y no nos harían daño. Unos somos más amables, otros más cariñosos y algunos más observadores que otros. Pero estos aspectos nos elevan, lejos de atraparnos. Los que podemos cambiar son los que hemos aprendido y, la mayoría de ellos, para protegernos por miedo a sufrir.
 
No es debilidad permitir que estos aspectos salgan a la luz para revisarlos. Al contrario, veo que las personas que disfrutan más su vida y se la hacen más fácil a los demás, son personas que no toman tan serio su forma de ser y van encontrando un manera de integrarse a cada situación. Ellos pueden elegir el rol, sin que el rol los elija a ellos.
 
Esta, más que una sugerencia, es una invitación. Porque todo lo que nos haga más libres, siempre será bienvenido.