Caminar por este mundo conscientes de nuestra espiritualidad no consiste en dejar de hacer algo o renunciar con dolor a lo que aún no podemos desapegarnos. Tampoco evitar experiencias o personas. Se trata, en realidad, de vivir todo lo que se nos presenta con aceptación, dispuestos a reconocer en lo que vemos o experimentamos la diferencia entre lo que es verdadero y lo que es una simple ilusión. Algunas veces, esa ilusión puede parecernos muy complicada, porque suele enredarse para que no podamos verla con claridad. Pero, al final, nos daremos cuenta que ni siquiera era cómo lo habíamos percibido.
 
Por eso, si hubiera una tarea que es imprescindible en nuestro camino interior y que permita una apertura mayor al espíritu en lo cotidiano, es prestar atención, con conciencia y voluntad, a todo lo que vemos y sucede hasta comenzar a reconocer que hay más de una mirada. Y que entre ellas, podemos elegir.
 
Prestar atención implica detenernos para poner nuestra atención en eso que sucede. En lo que escuchamos, en lo que vemos o en lo que sentimos. Realmente prestarle atención, quitándosela a lo que nos distrae, ya sean las voces de otros o el movimiento alrededor. Observar con la voluntad de quedarse observando hasta que una nueva versión de lo que vemos aparezca. Surgirá espontáneamente si nos quedamos quietos y en silencio. Es natural que la verdad aparezca con la fuerza que ella trae en si misma y que todas las otras miradas de miedo que sostenían la versión limitada vayan cayendo. Poco a poco, se diluyen.
 
Si incorporamos voluntariamente el “prestar atención” para detenernos y observar, experimentaremos una expansión de nuestra mirada hacia el mundo y hacia nosotros mismos. Menos reaccionaria y más compasiva. La mirada que Dios va poniendo en nuestros ojos humanos.