Estamos cerrando el año y seguramente mirando con entusiasmo los días por venir, ya que sólo por estar en otro calendario nos da un aire fresco, de algo nuevo, de esperanza en que lo que no nos gustó de este año puede cambiar, que lo que no llegó podría llegar y lo que nos pesa podría disolverse en este salto de diciembre a enero.

Y si bien todo esto es posible, no lo es porque cambiemos de año, sino porque tenemos, otra vez, la posibilidad de elegir cómo queremos vivir. Una elección que podemos hacer en cualquier momento, pero ahora, como parte de un gran equipo planetario, todos tomamos este impulso al mismo tiempo.

Entre las palabras más sonadas por estos días están las metas, que son una forma de asegurarnos un pie del otro lado, aun estando aquí. Son esas imágenes que nos ilusionan sobre los mejores días por venir. Algunas de ellas, cómo no nacen desde un deseo verdadero sino como una manera de disimular nuestros miedos, nos pesan y nos agobian de solo pensarlas. ¿Qué nos hace pensar que pondremos voluntad en cumplirlas?

Pero tengo una idea: tengamos una sola meta para que todas las demás se cumplan. Una al alcance de nuestras posibilidades, de trabajo constante pero sencillo y con un entusiasmo que irá creciendo, en lugar de desgastarnos en el camino. La meta es: ser nosotros mismos.

Llamémosle autenticidad. Es decir, que lo que se vea de nosotros coincida con lo que somos. Lo que de verdad somos. Que nuestra personalidad se vaya acomodando a nuestra esencia, en lugar de ahogar nuestra esencia con una personalidad demasiado ocupada.

Hay un concepto en la cultura japonesa que sintetizan en una palabra: ikigai. Para ellos, significa la razón de vivir o la razón de ser. Encontrarlo requiere la búsqueda en uno mismo, profunda y prolongada, y de ella depende entender el sentido de la vida y la felicidad. Nada menos que la felicidad.

Encontrarlo no es tal cosa como salir a buscar para encontrar, como quien busca un tesoro perdido. Si no, aunque parezca contradictorio, consiste en dejar de buscar para “darnos cuenta”. Desocuparnos un poco para darnos cuenta quienes somos cuando dejamos de compararnos, de creer en una versión de nosotros que puede ser genial para el mundo, pero que no es nuestra. Pasar más tiempo en silencio escuchándome que escuchando al mundo. Preguntarme a mí, tanto como le pregunto a los demás. Esas preguntas que les hacemos a la gente que queremos: ¿cómo estás? ¿qué necesitas? ¿cómo te sientes? Esas mismas, pero a nosotros ¿cómo estoy? ¿qué necesito? ¿cómo me siento?

Incluirme en las decisiones. Sentirme, sobre todo sentirme.

Y mientras lo vamos haciendo, el ikigai se va revelando. Siempre estuvo allí, pero no lo podíamos ver porque estábamos muy ocupados en algo más, en alguien o en algún momento de nuestra vida que no era el que estaba ocurriendo.

Una manera simple de ir revelándolo, quizás, es preguntarnos por la mañana ¿qué siento hacer hoy? Y en la lista de lo que debo, de lo que me corresponde, lo que los demás esperan, ahora también estaré yo. Y me iré haciendo espacio. Para que el próximo año podamos cumplir la única meta: que cada día, estemos nosotros.