Todo está presente en todo. Esa es la ley primera de la materia. En la oscuridad está la luz y en el blanco, hay negro y en el odio, está el amor. Por eso, cuando nos apegamos a una sola postura, al idealismo o a una visión solamente positiva, estamos limitando a que nuestra esencia se manifieste. Y nuestra personalidad le gana.
 
Si queremos dejar que nuestro espíritu esté a cargo de nuestra vida, no podemos estar apegados al bien ni al mal. Si solo vemos una parte, siempre estaremos temiendo que la otra aparezca y, así, no encontraremos paz.
 
Este es un paso que solo puede dar nuestro espíritu, porque la mente nunca se sentirá cómoda en el camino del medio. Lo considerará ilógico y hasta inhumano. Y esa puerta se abre con la aceptación. Cuando aceptamos, aun no estando de acuerdo o teniendo una opinión diferente, pero aceptamos y no ofrecemos resistencia a lo que estamos experimentando, en ese instante, se enciende la luz de nuestra conciencia. Y la visión se expande, la luz deja verlo todo y, esa misma luz, lo integra a todo.
 
El pecado, el castigo, la justicia humana y las verdades del hombre, están a los costados. Cuando llegan al centro, en ese momento, simplemente son. Tal como son.