Desde niños, hemos ido apagando nuestros sueños. Quizás nos dijeron que los sueños, sueños son. Es decir, que las imágenes que nos venían a la mente despertando entusiasmo y alegría, iban a quedar encerradas en ese globo de fantasía por el resto de la eternidad. Y que el mundo real es otra cosa.
 
Creo que la evolución de la humanidad es más lenta de lo que podría ser justamente por eso. Tenemos la tendencia a quedarnos con lo conocido, a quitarle valor a lo que intuitivamente la vida nos muestra a modo de sueños.
 
¿Qué hubiera pasado si quienes tuvieron sueños los hubieran mantenido vivos y hubieran trabajado por ellos hasta hacerlo realidad? ¡Cuántos inventos, nuevas políticas, edificios y libros ingeniosos hubiéramos tenido! Cuántas ideas hemos dejado pasar…
 
¿Y qué hubiera pasado con nosotros si hubiéramos creído y perseguido nuestros sueños?
 
El soñar, es decir, poder ver en imágenes mentales acontecimientos no tangibles por los cinco sentidos y que despierten pasión cuando los experimentamos, es una experiencia mística a la que todos tenemos acceso. Son los mensajes más valiosos que como seres humanos podemos recibir. Es la vida sugiriéndonos que hay más de lo que conocemos e invitándonos a trabajar físicamente, en este plano terrenal, para eso.
 
Nuestro propósito como seres humanos es revelado a través de lo que nos apasiona. Y muchas veces eso aun no es parte de experiencia concreta, sino de ese mundo aún etéreo de los sueños. Prestarles atención, entonces, nos ayuda a definir nuestro propósito de vida.
 
Se conscientemente que hay muchas teorías que pueden defender la idea de que los sueños, sueños son. Pero para entenderlas, nos tenemos que cubrir de pesimismo y cobardía. Tenemos que renunciar a la alegría y entregarnos a la tristeza. Además de negarnos la capacidad de crear más allá de lo que se nos ha dado.
 
Pero no puedo sumarme a esa teoría. Porque he prestado atención a mis sueños y, que estés leyendo este artículo, es prueba de que los podemos cumplir.
 
¿Cómo lograrlo? Dándole valor a lo que soñamos y escucharnos más. Es decir, dejar de escuchar las voces que dicen que sueños y fantasías son lo mismo.