los-opuestos-se-unen-en-silencio
 
En el silencio no hay registros, solo vivencias. No hay memoria, no hay archivos, no hay pasado ni especulaciones. Solo estamos en el presente. Y en el presente, solamente pasa lo que está pasando. Y lo que pasa… pasa.
 
El discurso de la mente es una enfermedad en sí misma. Puede estar más o menos enferma, pero nunca llega a estar completa- mente sana.
 
La psicología ayuda a organizarla pero no termina de sanarla. De hecho, la salud y la mente pueden ser antagónicas. La salud se refiere a la integridad, cuando nada está roto, cuando no hay divisiones. La mente, por su lado, separa, elige, discrimina. Y cada vez que lo hace, comienza el conflicto. Bastan solo dos partes que sean opuestas para comenzar una disputa. Y la mente vive en esa disputa. Se alimenta de ella. Se entretiene, es adicta al drama. El drama que necesita de antagónicos, los que la mente sabe muy bien como ilustrar.
 
Y como la mente es la que nos da los libretos para interpretar la realidad, esta se llena de contradicciones, de algunos personajes temerosos y otros amorosos, pero que no pueden estar en paz porque están siempre bajo amenaza. El temeroso de ser amado, el amoroso de no mezclarse con el miedo. Porque aún cuando adiestremos a la mente a ver lo positivo, lo bello, lo armonioso y lo espiritual, vivimos en el estrés de evitar que nos suceda lo opuesto.
 
Si no soltamos la mente, seguiremos viendo pedacitos. Además de los pedacitos positivos, bellos, armoniosos y espirituales, también estarán los pedacitos negativos y oscuros. Y como sabemos que estos pueden aparecer en cualquier momento, esa alerta no puede menos que estresarnos.
 
No podemos ver la naturaleza de las cosas. Coloreamos todo con nuestra opinión y nuestros prejuicios. Y el mundo no puede me- nos que reflejarlo como un espejo. Como un espejo roto. Un espejo que vamos rompiendo con juicios y opiniones.
 
Pero en el silencio podemos comenzar a unir los pedacitos. De a poco, vamos viendo a todos en un mismo paisaje. Los de un color y los de otro. Los de aquí y los de allá. Buenos y malos. Todos comienzan a convivir en el mismo espejo. Y, obviamente, esto se siente mucho mejor.
 
Del libro “Silencio, vivir en el espíritu”