loco
Animarnos a ser diferentes.
 
Aún recuerdo la mirada brillosa de una lectora cuando me dijo: “Gracias por ayudar a darme cuenta que no estoy loca y puedo ser feliz a mi manera”. Juro que no hice nada. Específicamente nada para que pudiera respirar esa libertad de poder sentirse única y sin culpas que la nublen. En esa charla, sólo había pronunciado una frase que es ley de vida para mí: “No es necesario que viva mi vida con los estándares de otras personas. Es una opción, pero puedo elegir vivirla a mi manera”.
 
El posesivo “mi” antes de vida, indica que debo hacerme cargo de la parte que me toca de la vida. Y no hacer cargo a nadie más. Este es un trabajo personal que, en mi caso, comenzó desde niño, pero que vi florecer llegando a los 30 años. Sí, en mi caso, me tomó casi tres décadas. No es poco, pero a tiempo para tomar decisiones importantes como confiar en mis talentos como medio de vida, usar mi visión personal para definir mis pasos y, sobre todo, hacerme cargo de mí, de lo que me gusta y de lo que no me gusta tanto, dejando fuera de juego a cualquier ser humano, lugar geográfico o vivencia pasada como factores que determinen que cambiar, crecer y evolucionar sea posible.
 
La lectora que aquel sintió el alivio de saber que puede ser auténtica y hacer su propio camino no estaba penalizado, excepto por su propio juicio, me recordó mi primera sensación de libertad cuando, a los 6 años, me animé a dar mi punto de vista en una clase de matemáticas. Me costó una hora de castigo. Pero estar parado frente a la clase, aquel día, no pudo sentirse más libre. Animarnos a ser fieles a nosotros mismos y transitar por las palabras raro, extraño o diferente sin culpas, es uno de los logros que en este punto de la evolución se vuelve una necesidad.
 
El mundo, con sus complejidades, nos necesita con nuevas ideas, con más entusiasmo y, especialmente, felices. Y este es un compromiso que todos podemos asumir, claro está, cada uno a su manera.
 
Si hay un punto de distracción para prestar atención, es el de no quedarnos en la rebeldía del discurso, sino atrevernos, no solo a pensar diferente, sino a hacer las cosas diferentes. Por ejemplo, animarnos a ser optimistas cuando los demás vean negatividad, ser amables cuando estemos rodeados de malas maneras y animarnos a confiar en lo que se siente bien, aun cuando esto no sea lo que los demás esperan de nosotros.
 
Si comenzamos a aplicar este principio a algunas de las cientos de decisiones que tomamos cada día, les aseguro que verán transformaciones milagrosas. Un poquito cada día.