Es mi deseo que pronto en el mundo seamos más las personas que se valoren a sí mismas. Y me incluyo en esta lista.

 
Esto tendría una fuerza incalculable en cómo nos relaciones, nos dirigimos a otros y nos tratamos a nosotros mismos. Porque cuando me valoro, dejo de exigir a los demás que lo hagan a través de las múltiples maneras que nos hemos ingeniado. Manipulamos, queremos llamar la atención de muchas formas, ninguna exenta de drama y dolor, y hacemos todo lo posible para que dos den aquello que deberíamos darnos a nosotros mismos. Es decir, te reclamo a ti lo que no me doy.

 
Esto no significa que no me abra a recibir y, si es necesario a pedir lo que necesito. Pero cuando lo exijo y no lo recibo, me duele. Y ese dolor es señal de que estoy pidiendo en la puerta equivocada.

 
Hagamos hoy mismo una lista de todo lo que hemos pedido sin tener respuesta. De esas ocasiones donde nos hemos quedado en el enojo, la frustración o cualquier tipo de dolor. Y de esa lista, en silencio, reflexionemos sobre lo que nos estamos negando a nosotros mismos. Desde lo más simple, como más tiempo o más espacio, hasta el pecado más terrible que podemos cometer: pedirle a otros que nos valoren cuando aun nosotros no lo hemos hecho con nosotros.

 
Ya me imagino en una versión de mi personalidad que se siente completa, compartiendo sin exigir.

 
Ya estoy trabajando para eso. Esta es mi contribución para una mejor sociedad. ¿Te animas?