la-regla-de-oro

Los espacios que habitamos están cada vez más necesitados de compasión. En nuestros hogares, en los trabajos, y hasta en los encuentros casuales en la calle. Esta es una tarea que nos toca a todos, pero que comienza a ocurrir en la medida en que cada uno la asuma, y la practique. Un mundo más compasivo nacerá de mi propio compromiso en serlo, en cada encuentro y con cada persona.
 
Ser compasivos implica reconocer el dolor ajeno, para respetarlo, y para encontrar una manera de ofrecer alivio. El alivio que pueda, sin que me tiente a sumar más dolor al que esa persona ya está viviendo.
 
Una mirada compasiva se compromete a ver por encima del dolor del otro, lo que realmente le está produciendo su malestar. Algo, que quizás esa persona no puede hacer por sí misma, no para ofrecerle una solución, sino para ofrecerle consuelo. Una mirada comprensiva, un abrazo sincero o lo que sintamos respetuoso para esa persona, en ese momento.
 
Confío en que la simpleza nos permite tomar acciones posibles. Por eso, aplico esta regla que pone en tierra un propósito tan espiritual: “Haz por el otro lo que quisieras que hagan contigo”, o no hacer por los otros lo que no nos gustarían que nos hicieran.
 
Cuando nos gritan, solemos gritar. Ante la negatividad de otros, sacamos inmediatamente la nuestra. Ante el dolor del otro, sumamos nuestro dolor. Y así, vamos agregando más de lo que ya le sobra al mundo.
 
¿Qué necesitaría yo en ese momento? Esa respuesta no nos llevará exactamente a hacer lo ideal por el otro, pero nos dejará lo más cerca posible para poder aliviarlo. ¿Qué es lo que no me gustaría que ocurriera? Respondiéndonos sabremos lo que no será útil hacer. O puede que simplemente le preguntemos ¿Qué necesitas?
 
Hagamos lo que podamos hacer. Lo que mejor nos salga. Pero hagamos algo que sume alivio a la otra persona, y paz a nuestros corazones.