¿Inocente yo? Imposible. Ese fue mi primer pensamiento cuando escuché que la mente inocente era la puerta que nos lleva a una visión espiritual de la vida. Pensaba que era imposible, porque he tenido pensamientos negativos, y los sigo teniendo algunas veces, criticando, enjuiciando y especulando, llegué esa vez a la conclusión de que no hay lugar para la inocencia.

Pero hoy sí siento que la inocencia es una opción posible. Hay una nueva inocencia que llega con las experiencias vividas, subidas y bajadas, golpes y saltos, que no deja de lado lo negativo, pero ve más allá.

Hay una nueva inocencia que la madurez me ha mostrado y en la que estoy trabajando. Esta no niega “lo malo”, pero apuesta por “lo bueno”. Ya no digo fácilmente “está todo bien”, tratando de esconder lo que no me gusta o me da miedo. Ahora, miro mis miedos, mis juicios, mis debilidades, pero confío en ir más allá. Me dispongo a darle valor a lo que es verdadero, sin dejarme tentar en caer en los pensamientos que me nublan.

No estoy tan sano para ver la santidad en el que miente. Pero hago mi trabajo de encontrar el valor de ese ser humano sin reducirlo a lo que está haciendo. Tampoco pienso que estoy tranquilo cuando el miedo me visita. Pero lo observo, y lo transito hasta encontrar un mejor pensamiento.

Hay una inocencia posible, que nos hace muy bien y, sin dudas, le hace bien al mundo. Porque finalmente comenzamos a poner un poquito de luz, allí donde todos aseguran ver la oscuridad.