No siempre estamos conscientes de lo que el camino espiritual nos traerá. Cuando me encuentro con personas que se han comprometido a ver la verdad, más allá de todo lo que creen importante o real, y a trabajar consigo mismas, me cuentan que no les está siendo tan fácil, ni tan cómodo. ¿Y qué esperabas? Les pregunto. Me responden que una inmediata “mejoría” en su vida, pero resulta que las cosas se pusieron patas arriba.

Sucede que cuando nos imaginamos el trabajo espiritual, pensamos en los resultados, en los logros y en las consecuencias, pero no en el proceso. Pensamos en el plato listo, pero no en lo que deberemos cocinar para llegar a servirlo. Por eso, es común la referencia de “guerreros” a quienes han tomado la decisión de dedicar su energía a hacer un trabajo interior profundo. Suelo imaginar a Don Quijote, enfrentando los molinos de viento, que al final son solo ilusiones, pero de entrada nos parecen gigantes fantasmas. Es de “guerreros” intentar ver el amor cuando lo que nuestros ojos ven es odio, o ver una puerta cuando todos nuestros sentidos nos muestran una pared. Como le dijo El Zorro al Principito, tomamos la decisión de comenzar a ver con los ojos del corazón. Y cuando, poco a poco, lo logramos, ya todo se ve diferente. Pero para llegar a bajar de la cabeza al corazón, y abrirlo para que el amor florezca, se requiere un trabajo. Y ese trabajo no es cómodo. Nos activa todos los miedos dormidos. Pero cuando la luz llega, se agradece el camino transitado.

Si hacemos un camino espiritual honesto, seguramente, al principio, veremos varios finales, estructuras caerse y con ellas, mucho de lo que pensábamos era real, o al menos importante para nosotros. Pero, poco a poco, cuando veamos alrededor y sin importar lo que ocurra podamos estar en paz, valoraremos sin dudar que el camino recorrido valió todo lo vivido.