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Es cada día más repetitivo en la mayoría de los textos espirituales modernos, la invitación a conectarnos con el presente. Pero, para muchos de nosotros, parece ser una tarea imposible de lograr en un mundo cada día más apurado, ruidoso y agresivo. Entonces, ¿cómo podemos experimentar ese momento de conexión divina? Pensemos en un jugador de fútbol que está por patear un penal. ¡No puede haber momento de mayor tensión para él! La presión por acertar, el bullicio de la tribuna, la mirada de todos los jugadores, los que le desean que acierte y los otros, las expectativas de todos, las propias y sus miedos. ¡Todo activado en ese instante! Pero en el momento en que el árbitro suena el silbato, podemos ver como en dos segundos, que se hacen eternos, el jugador respira profundo, cierra los ojos y luego, patea el balón.
 
Esos dos segundos son trascendentales para poder escapar de todo lo que su mente percibe y entrar en un espacio de silencio donde puede conectarse con una fuerza interna que le da la certeza, la calma y la energía que necesita.
 
Si estuviera pendiente del entorno, de su propia especulación o de la expectativa de los fanáticos, no obtendría ese resultado. De hecho, si observamos a un jugador que no da lugar a este espacio interno de calma, posiblemente veremos la pelota salir para cualquier lado, menos al centro del arco y al jugador, lidiando con emociones descontroladas.
 
Así es en nuestra vida, como en un estadio de fútbol. Así es como funciona nuestro espíritu. Por eso, cuando el ruido mental no nos deje en paz y sintamos la presión de las expectativas de los demás, cerremos los ojos, respiremos profundo y aparecerán el entendimiento, la paciencia o la serenidad que sólo la fuerza interna puede darnos.