Aunque sabemos de antemano que la preocupación es negativa, le hemos dado un valor excepcional en nuestra cultura. Parece que si nos preocupamos vamos a hacerlo mejor. Creemos que si algo no sale bien o como esperamos, el preocuparnos por ello nos garantizará un mejor resultado.
 
Pero, lo que ocurre es exactamente lo opuesto.
 
El miedo atrae lo que teme. Por lo tanto, cada vez que usamos nuestra valiosa energía creativa, en forma de pensamientos y emociones, en especular negativamente sobre lo que aún no ha ocurrido, estamos, literalmente, acelerando las posibilidades de que sea eso lo que ocurra y no un evento inesperado… y mejor.
 
El apego a lo complicado y a que el sufrimiento le de un valor agregado a los logros, hacen que la preocupación cobre un sentido positivo que solo puede sostenerse en un cuento errado. El creer que el apostar por lo negativo puede llevarnos a lo positivo.
 
Es momento de repasar en que invertimos nuestra energía. Tanto nuestro tiempo y nuestro interés, como nuestras emociones y pensamientos. Y entender, de una vez por todas, que la preocupación no puede llevarnos a mejorar aquello por lo que nos preocupamos. Todo lo contrario.
 
Cuando nos observemos preocupándonos, respiremos y soltemos esa historia. Una y otra vez. Hasta poder sostener una historia mejor. La que queremos crear.