Éxito es una de las palabras más complejas de definir, porque cada persona, cada generación y cada cultura tienen una versión. La mía es poder disfrutar lo que hago. Y lo que hacemos se disfruta en la medida que ponemos nuestro talento o nuestros dones en función de eso.

He comentado en las conferencias que incluso cuando vendía zapatos o hamburguesas, tareas que aparentemente no se parecen a mi talento, había de mi parte una actitud de servicio enfocada en escuchar a las personas que se acercaban, lo que me hacía sentir cómodo y útil mientras cumplía con las tareas que me asignaban. Era una cuestión de actitud. Y eso me hacía sentir exitoso.

Quizás la creencia de que talento, vocación y profesión estén en el mismo nivel de experiencia es lo que nos confunde. No necesariamente nuestra profesión coincide con nuestro talento. Quizás porque estudiamos lo que nos convenía o porque tenía que ver con una necesidad de ese momento, pero no como una respuesta a nuestro verdadero interés. Aún así, cuando dejamos colar nuestro talento en lo que hacemos, eso que hacemos se transforma en un acto ameno para nosotros y seguramente para los demás.

Preguntarme ¿Qué es lo mejor que se hacer? ¿Qué disfruto hacer? o ¿Qué es lo que los demás disfrutan de mí? son preguntas que nos darán información más certera sobre lo que vinimos a ofrecer al mundo.

Más allá de lo que estemos haciendo, provoquemos que eso que nos gusta hacer vaya impregnando nuestras rutinas de trabajo. Comenzando por la actitud. Y, les aseguro, que una serena sensación de éxito comenzará a invadirnos hasta contagiar a quienes caminen con nosotros.