el-espiritu-en-lo-cotidiano
 
El espíritu se experimenta. No hay forma intelectual de comprenderlo, aun cuando haya muchas formas de explicarlo. Lo que llamo espíritu es una vivencia que se manifiesta en la vida misma. Y la única manera de no sentirlo es evitándolo. Es decir, no hay nada especial que hacer, sino, mejor dicho, que dejar de hacer. Ante todo, la vivencia del espíritu se limita en el intelecto. No sólo porque usamos nuestra lógica humana para saber de qué se trata, sino que tratamos de hacer un camino espiritual con un mapa que dice por dónde ir y a donde llegar, y a veces, lo que deberíamos sentir, creyendo, por ejemplo, que la tristeza nos aleja.
 
De mis tristezas, cuando las he vivido en paz, también surgieron profundas revelaciones. Si vamos con el mapa en la mano, resulta que nunca llegamos. Porque si algo tiene el camino guiado por el espíritu es la incertidumbre. El camino espiritual se experimenta en lo que está sucediendo ahora, en este momento, y entregándonos al momento que sigue. Otra actitud humana que nos aleja es nuestra necesidad de dividir el mundo entre lo bueno y lo malo. Ya sean personas o situaciones. En esos casos, para salirme de esa dualidad, me pregunto ¿qué puedo aprender de esto? Así puedo integrar, unir y sumar.
 
Porque el espíritu no divide ni enjuicia. Además, el espíritu se manifiesta en lo cotidiano. Quizás sea más simple experimentarlo en un abrazo que en una larga sesión de meditación. Ambas suman, pero el abrazo es una posibilidad más cercana y siempre efectiva. Especialmente cuando podemos, con ese abrazo, unir lo que nuestra mente había separado. Más fácil y más sencillo. Así es como en nuestra vida se va colando la luz de nuestro espíritu y deja de ser una experiencia especial para transformarse en un camino de vida. De nuestra vida. De nosotros, en todo el sentido de la palabra.