Suelo encontrarme con personas que tratando de hacer un camino espiritual, devoran libros y buscar graduarse en uno y otro método. Pero también veo en algunas de ellas la ausencia de libertad, de paz y, aún más, de alegría, que serían la retribución que quienes hacen el camino espiritual pueden gozar. ¿Qué están haciendo, entonces?

Hacen lo que saben, lo que vieron y lo que pudieron hacer. No están equivocados, porque su búsqueda es honesta. Pero, quizás, el error está en el lugar donde están buscando. El espíritu vive en nosotros, por lo que todo intento de buscarlo en voces de otros, experiencias ajenas y fórmulas que no incluyen lo interno, solo nos desvían de camino. Un camino que tarde o temprano haremos, porque es inevitable que en nuestra vida, al menos un instante, sintamos la inconmensurable presencia que habita en cada uno. ¿Para que demorarnos?

No está en un lugar especial en el mundo.
No hay una filosofía universal que sea la correcta.
No hay un gurú que encierre toda la sabiduría.

El camino es individual, se hace poco a poco, usando como norte la energía del amor y como camino nuestra experiencia cotidiana. Sin escapar de nada ni de nadie, sino permitiendo que todo lo que vivimos nos hable de nosotros. Viéndonos en cada mirada. Volviendo a nosotros cada vez que nos perdamos en las vidas ajenas. Regresando al presente cuando el pasado o el futuro nos entretengan. Eligiendo, con voluntad y conciencia dejar pasar todo lo que no sume a la energía del amor. Eligiendo, con voluntad y conciencia, todo lo que nos sostenga en la energía del amor. Disfrutando de lo que la vida nos da en este momento mientras observamos las especulaciones hasta que pierdan fuerza. Eligiendo otra vez vivir en paz cada momento en que la perdemos. Haciéndonos cargo de nuestra grandeza para ejercerla en cada acto. Es decir, no confundiendo la humildad con la idea de nuestra imposible pequeñez. Y, sí, con humildad, reconociendo que mientras estemos caminando por este mundo, el error será una forma de aprendizaje. Un aprendizaje que es constante. No por falta de sabiduría, sino porque andamos muy distraídos. Cada vez más.

Saber menos, sentir más. Confiar en la fuerza que nos mueve y quitarle fuerza a las ilusiones que nos distraen. Tener voluntad de hacer el trabajo del amor en cada paso. Volver a hacerlo cuando nos olvidemos. Y seguir andando. Que nada de este mundo puede igualar a los regalos que sólo el espíritu puede darnos.