Hace algunos años, me asaltaron en la calle camino a dar mi primera conferencia en Buenos Aires. En la maleta que me robaron, iba todo lo que yo creía necesario para ese evento. Un proyector, música cuidadosamente seleccionada, una serie de imágenes especiales y más de lo que había programado para que a quienes asistirían les resultase atractiva la conferencia, dejando de lado que la razón por la que la gente llegaría sería para escuchar lo que tenía para decirles. De no ser así, irían al cine, a un concierto o a ver una obra de teatro.

Desde aquel día, nunca usé otra tecnología, mas que la que Dios puso en mí: mi voz, mi presencia y mis reflexiones. Entendí claramente que la vida me había quitado lo que yo mismo usaba para opacar mi propio brillo. Si hubiera confiado en mis dones, nada de aquella parafernalia hubiera sido necesaria.

Hace unos días, una amiga muy talentosa como maquilladora artística, me cuenta que le habían robado de su automóvil el maletín con los maquillajes más importantes, los que venía comprando por años y que definían la calidad de su trabajo. ¿Definen la calidad de tu trabajo? Le pregunté. Estaba dejando de ver que su talento, el que nadie podía robar, estaba siendo reemplazado por el valor de los elementos de trabajo. Pero gracias a ese robo, pudo reconectarse con sus dones.

Cuando la vida se lleva algo, es porque nos está dejando un espacio para que nos volvamos a ver. Suele llevarse eso externo que pusimos en lugar de nosotros, de nuestro valor personal. A veces ponemos cosas materiales, otras veces ponemos personas. Pero la partida de eso que se va siempre será una invitación para ordenar las prioridades y nuestros valores. Y de volver a nosotros.

Por eso, cuando vivamos una partida inesperada, demos la bienvenida a todas las emociones que se presenten, pero luego busquemos una reflexión que nos permita darnos cuenta qué es lo que la vida nos quiso devolver con eso que se fue.