Cuando la soledad viene acompañada de tristeza, es quizás porque teníamos la idea que alguien iba a darnos algo que nosotros, por sí mismos, creíamos imposible conseguir. Ya sea seguridad, estima, importancia o el amor en esas versiones humanas que hemos creado.
 
Este pensamiento fue tomando fuerzas cada vez que me encontraba con alguien que sufría el dolor de una partida. Ese dolor se sostenía en lo que ya no iba a ocurrir, más que en la ausencia de la persona que partió. En lo no alcanzado, en las expectativas inconclusas. Es decir, en lo que esperaba conseguir y no logré, porque quien me lo traía se lo llevó con él.
 
Esas despedidas nos dejan un regalo: sacarnos de una ilusión para llevarnos directo a ver alguna verdad de nosotros que el visitante estaba tapando con su presencia.
 
Por eso, cuando sintamos una partida venga acompañada por dolor, revisemos (…y digo dolor, porque la tristeza de la nostalgia parece un ingrediente sano en todo final humano, porque nos permite limpiarnos, renovarnos y retomar el camino).
 
Pero si hay dolor, preguntémonos ¿qué creí tener de esa persona que creo no poder darme? ¿Qué me atrapó de lo que me dio? ¿Qué creí que podría darme?
 
Transforma esa respuesta en tu tarea y comienza a darte eso que pedías.
 
Y el dolor ira dejando paso al bienestar.
 
Y en bienestar, lograrás verte como nunca antes te habías visto.
 
Completo, sereno y en paz.