cuando-encendemos-la-luz

Estamos en el cine. El argumento, aunque dramático, se hace tan atractivo que nos metemos en la historia. Pero solo era eso, una historia. Eventualmente, cuando apaguen el sonido y se enciendan las luces, nos daremos cuenta que había una pantalla y que las cosas no son como las sufríamos.

Así como en el cine, en nuestra vida cotidiana nos suele suceder. Los argumentos del drama suelen ser tan atractivos, que nos quedamos entretenidos en esa historia, aun cuando no sea la realidad. Entiendo que fuera de las salas de cine es más fácil caer en el engaño, porque además de sonidos e imágenes, todos los sentidos están en constante percepción, y eso que recibimos, eso creemos que es verdad.

Pero así como la luz al final de la función, nos ayuda a darnos cuenta que eso que nos hacía sufrir era solo una historia, lo mismo sucede con la luz de nuestra conciencia. Cuando desarrollamos la capacidad de observar, sin dejar de sentir, pero sin involucrarnos completamente en esas emociones, podemos diferenciar entre lo que es real, y lo que pertenece a una historia que alguien está narrando según su propia experiencia.

¿Cómo lograrlo? Es más simple de lo que creemos.

Pongamos más atención en lo que el cuerpo siente, observándolo, estando alertas, tomando cierta distancia. No escapemos, permitamos la emoción pero atestigüémosla. Lo mismo con nuestra mente. Observemos los pensamientos, reconozcamos su contenido, la historia que está armando, pero escuchándola sin alimentarla. En este proceso, que por cierto no será inmediato pero que con la práctica resultará cada vez más sencillo, iremos poniendo luz a esos momentos donde por estar tan oscuro, terminamos creyendo que esas historias en las que nos envolvimos, podrían ser verdad.

De hecho, algunas lo son. Pero solo la luz de una conciencia más profunda, podrá discernirlo.

Cuando estemos en paz, observando y observándonos, lograremos reírnos de algunas historias que nos hicieron llorar.