Tenemos un cierto idilio con el pasado. Nos gusta escuchar historias y recrearnos en ella. La nostalgia vende en todos los mercados, desde los muebles, los libros y los viajes hasta la música. Y nos pasa tanto a nivel personal como a nivel global. Por ejemplo, cuando tratamos de definir el destino de un país evocando lo que hizo un héroe en el pasado, un par de siglos atrás.
 
Digo esto porque aún escucho a líderes que se sostienen en el mensaje de los llamados próceres nacionales, de los que mucho se escribieron pero poco se sabe. Quienes seguramente fueron héroes, pero en otras circunstancias y con otros propósitos. Y también escucho a quienes basan sus sugerencias a otros sobre lo que “debería hacer” de acuerdo a la moral de una sociedad que hace varias décadas no existe en el planeta.
 
Tenemos temor a lo nuevo. Y ese temor nos lleva a repetir y repetir. De todas maneras, en este tiempo donde todo se acelera no nos está dejando margen para quedarnos atrasados.
 
Aclaración: No estoy negando que el pasado es parte del presente. Que nos define, que nos permite aprender y corregirnos, y que, en algún punto, vive en nosotros. Pero si queremos evolucionar y permitirnos que los cambios nos lleven unos pasos hacia adelante, no podemos dibujar el futuro usando el plano que sirvió hace tantos, tantos años.
 
La invitación es a animarnos a arriesgarnos, a mirar hacia adelante aún cuando no sabemos dónde pisar. Pero dejar de sostenernos en lo que funcionó para otros, en otro momento que en poco se compara con éste que vivimos. Desde cómo queremos vivir nuestra vida, trabajar y alimentarnos hasta crear un país, donde sea que estemos.
 
¡Bienvenida sea la incertidumbre y afuera los miedos! Por cierto, hay días que también siento que tener miedo ya es cosa del pasado.