Ha llegado un nuevo año. En nuestra conciencia, marca una nueva oportunidad de recomenzar, corregir o iniciar. Lo nuevo se siente más fácil en este tiempo del año. Pero sucede que a veces, aun cuando el pasado ha quedado atrás en el calendario, sigue determinándonos. Lo que aún nos enoja, nos entristece, lo que ya pasó, pero ocupa un espacio de nuestro pensamiento, no ha terminado de cerrar. Parece que aún esperamos que algo hubiera sucedido, o que dejara de suceder, para poder concluir con eso que, en términos del mundo ya se acabó, pero que nuestras expectativas no cumplidas no nos dejan concluir. Y se nos hace cuesta arriba porque ¿cómo podría corregir algo que ya no tengo acceso, ni en tiempo ni en espacio?

Pero, es posible lograrlo.

Cuando cambiamos una idea en el presente, provocamos cambios en el pasado en varios niveles, hasta en lo neuronal. El tiempo es simultáneo, de modo que las creencias actuales realmente pueden alterar el pasado. Se introducen nuevos recuerdos en el lugar de los antiguos. Una cosa es lo que sucedió, y otra el pensamiento con respecto a eso. Y lo que estamos viviendo como pasado, es el recuerdo, no el hecho en si. Por lo que cuando cambiamos nuestra manera de ver eso que sucedió, el pasado cambia y sumamos una nueva experiencia que reemplaza aquel viejo punto de vista.

Ante esto, no nos tentemos a mirar a atrás para especular sobre lo que podría haber sido diferente. Al perdonar a quien antes habíamos condenado, hace que el peso de esa condena desaparezca. Al elegir un mejor pensamiento, gran parte de lo que nos preocupa, nos enoja, nos distrae y hasta nos enferma físicamente, va desapareciendo. Esto nos hace libres, y también más responsables, ya que no podremos usar más el pasado para justificar nuestro presente, porque siempre podemos volver a elegir. Y estamos, en el calendario, en el mejor momento para hacerlo.