Si algo pone en evidencia la libertad que tenemos de volver a elegir, de hacer y de deshacer, de renovarnos y de movernos hacia lo nuevo, es el calendario. El final de cada año, y el principio de otro, es un guiño de la vida para dejarnos claro que no hay pasado que nos condene, a menos que tratemos de quedarnos en él.
Más allá de los propósitos que tengamos para este nuevo ciclo de vida, cada quien con el suyo, les sugiero uno que será tan útil para todos como individualmente: aprender a sostener la energía más allá del deseo de que ocurra.
La energía que crea, va atrayendo y convocando elementos externos para hacer visible en nuestro mundo inmediato eso que deseamos. De repente, comenzamos a “ver” como lo que era un simple pensamiento va tomando forma.
Lo nuevo se gesta en la intención cuando lo que pensamos encuentra el combustible de nuestra pasión y luego se extiende y se sostiene en la acción. Y, en mi experiencia, allí es donde solemos fallar. Arrancamos con entusiasmo divino y nos quedamos atrapados en las frustraciones más humanas, cubiertos de duda, algunos enojos y decepciones.
La manera más sencilla y posible de sostener la energía es la acción. haciendo. No empujándonos a hacer más de lo que estamos listos, pero haciendo lo que podamos, en cada momento, cada día, con las circunstancias que se nos presenten. Sabremos cuando intentamos hacer de más porque la ansiedad nos quitará todo el disfrute. Y nos daremos cuenta que estamos tardando porque una sensación de aburrimiento, de cierto peso emocional, nos llamará la atención.
Para eso que ya sentimos cerca en nuestro destino, pongámonos en marcha. Activemos la energía dando pasos. Quizás pequeños, quizás más lentos de lo que imaginamos, pero caminemos. Y comenzaremos a sentir una energía que nos lleva, que nos abre puertas, que nos cierra otras, pero no deja lugar a dudas de que contamos el apoyo de nuestra grandeza interna. Es decir, sentiremos a Dios mismo caminando a nuestro lado.