Estamos rodeados de adictos al drama, a lo negativo y lo terrible. Y puede que seamos alguno de ellos. Es una de las adicciones menos evidentes, porque las escondemos detrás de preocupaciones, maneras de controlar, o simple interés por dar una opinión. Pero lo cierto que es que si fuéramos conscientes de su efecto, buscaríamos la manera de superarlo.

En el teatro, se utiliza el drama para atrapar al espectador y envolverlo en la historia, pero a costa de perder por un momento su dominio y entregarse a eso que la historia le muestra. Como este eventualmente termina, esas horas nos ofrecen un viaje emocional que resulta entretenido. Pero incluso en el teatro, si el drama no se transforma, no es funcional. Pero con el drama cotidiano nos envolvemos de tal manera que no sabemos distinguir lo que realmente sucede y la historia que nos estamos contando de eso. Y enredados, caemos en su trampa.

Por eso, rara vez discuto un punto de vista con alguien que no está en calma, en paz. Porque esto último es el indicio de que está preso de su propio drama, en su adicción. Y en esa pieza de la historia, cada uno ve y confirma lo que quiere, o lo que puede.

Cuando estemos viviendo una situación, cualquiera que sea, que emocionalmente nos tenga enredados, tomemos un momento para sentarnos, escucharnos y poco a poco ir diferenciando la historia de lo que sucede. Porque muchos problemas cotidianos no están en lo que nos pasa, sino es las historias que nos contamos de eso.